Carne Molida.

        «A los hombres también nos matan», lee como encabezado del panfleto fotocopiado: un papel rasposo y barato con un monstruo tetón devora-hombres luciendo esvásticas en los pezones negros que Holiday talla entre sus dedos.
        —Bastante gráfico —acepta para levantar la vista al volantero: alto, flaco, y barbón en los treintas. Cuando se mueve entregando panfletos, el aroma a sudor ácido concentrado con nicotina latiguea el aire—. Y muy alarmante.
        —Es lo que el feminismo está ocasionando a nuestra sociedad —su tono no vacila, conocedor del tema—. ¿Sabías tú que a nosotros nos matan más que a las mujeres?
        —Es terrible —Holiday presta atención a las letras pequeñas en donde las cifras con signo denuncian el maltrato sufrido por el género—. Y un problema muy serio.
        —Bastante. Miles de hombres mueren en las calles y nadie se detiene a pensar en ello, ocupados como están en dar un lugar privilegiado a la mujer: la víctima preferida de los medios—el barbón hace una pausa innecesaria—. Y aún así las feminazis van en nuestra contra como pretexto para enseñar las tetas. Las mujeres no debieron salir de la cocina.
        —Feminazis… —Holiday repite acariciando el siseo—, ¿trabajas solo o acompañado?
        —Soy parte de un colectivo que nació en Internet y que se dedica a informar a la población. En el papel viene nuestra página, por si estás interesada en saber más del tema. Eres bienvenida: nosotros sí recibimos mujeres.
A través de las gafas oscuras, Holiday lo observa antes de regresar al panfleto que ha dejado sus dedos manchados con tinta. Definitivamente, papel barato.
        —Pues entonces los felicito. Es claro que alguien tiene que comenzar a tomar medidas inmediatas. ¿Te encuentras aquí muy seguido repartiendo panfletos?
        —Los martes a esta hora y los jueves como a las seis. A veces también vengo los sábados.
        —Entonces tal vez volvamos a vernos. Te deseo éxito y espero logres tu meta.

        El reloj en su muñeca marca las seis con cuarenta cuando Holiday regresa a la estación del Zócalo en busca del barbón de los panfletos. Le encuentra en las escaleras, con la misma ropa de hace dos días. Lo aborda con una sonrisa de viejos amigos mientras él se concentra en su escote.
        —Hola. Tenía muchas ganas de volver a verte. Me pareció muy interesante tu forma de pensar. Hace mucho que no conocía a un hombre que notara la realidad en la que su país vive. He estado dándole vueltas a lo que dijiste. ¿Te acuerdas de mí?
Holiday le sonríe y él la mira con atención: labios gruesos rojo cadillac incitantes a la aventura. La clase de sonrisa que los hombres no olvidan.
        —Sí, me acuerdo de ti. Nos vimos el martes —con dedos grasosos, extrae un cigarrillo sin filtro del pegajoso interior de su abrigo para aderezar la charla—. ¿Revisaste la página del panfleto?
        —Me fascinó. Hacía mucho que no me quedaba hasta tarde leyendo una página. ¿Te parece si te cuento mi percepción mientras nos tomamos una cerveza fría? Si tienes tiempo, claro —caen las pestañas, el barbudo tiembla.
        Holiday se sabe bonita: alta, sonriente, de facciones finas. Cuando él barbón la examina deteniéndose en la invitación de los pechos con pecas, ella no se intimida por el hambre que reflejan sus pupilas.
        —Ya sabía que estabas interesada en algo más y es claro no me equivoqué. Te gusto —se ríe, ronco y agrio a la perspectiva—. Vayamos por esa pinta.

        A media noche, Coltrane despierta de su siesta con el sonido de la licuadora. Aturdido en la habitación oscura, no pierde tiempo en buscar su ropa para dirigirse a la cocina en donde su novia tararea Aterciopelados mientras prepara la cena.
        —Pero… ¿qué? ¡Holly! —Con el muñón apretado contra su flaco pecho, el barbón se arrastra por el piso blanco en busca de una salida—. ¡Es la licuadora nueva!
        —Compraré otra por la mañana. —Holiday se muerde la sonrisa mientras se sitúa sobre el barbudo, dejándolo inconsciente con dos sartenazos en la cabeza—. Estaba viendo algo y supongo que no me salió. No es una licuadora de muy buena calidad. Tampoco sirve.
        —Las licuadoras no muelen huesos —enarca una ceja—. ¿Es tu nuevo experimento?
        —Proyecto. Tengo que grabar un video para subirlo a su página. Quería hacerlo mientras lo torturaba, pero me dió asco una vez metí su mano en la licuadora y se zurró en los pantalones.
        —Asqueroso —Coltrane frunce la nariz con desprecio—. ¿Qué fue lo que hizo que amerita su muerte? Además de ser una criatura hedionda, por supuesto.
        —No mucho, en realidad. Es solo uno de esos imbéciles que te provoca decir: ¡Cómo quisiera matar al estúpido!  Pero le estoy agradecida: fue quien me dio la idea.
        —¿Bajar la calidad del producto para disminuir los costos?
        Holiday se ríe antes de dejar los brazos en alto, dispuesta a abarcarlo todo en un abrazo eterno: rojo como su cuello, negro como sus pupilas. ¡Tiene tantas emociones que no pueden ser contenidas dentro de su cuerpo! Su centro se agita y sabe es necesario abrir las fauces para devorar al mundo: su alma no puede ser retenida.
        —He decidido que comenzaré mi propio exterminio sistemático de marichulos compungidos e histriónicos. Hoy fue mi primer experimento —suspira, antes de chasquear la lengua contra el paladar para aceptar una derrota—. En conclusión, esa licuadora no sirve para triturar dedos: los arranca de tajo, pero no hace carne molida.

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Vieja Costumbre

Primer cuento para el Reto de Escritura 2017 de literup
Este cuento corresponde al reto número 1:

Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.

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La Cruz

 

No gritó por el golpe. Aún adolorida, fue suficientemente capaz de levantarse y repetir el proceso para observarse una vez más en el espejo. Entonces, vino el grito.

—¡Una cruz! ¡una cruz!

Su voz aguda e infantil rompe las barreras del tiempo, inundando por completo cada uno de mis más ocultos recovecos. Imagino como sus manos pequeñas y rechonchas se paralizan con miedo y angustia mientras se observa con atención. La marca, en un vivo color rojo madreado, dibuja en su amplia frente el contorno de una condena.

En innumerables ocasiones le han dicho que no debe colgarse del toallero; pero en medio de sus aventuras no puede detenerse en advertencias. Es aún pequeña, pero ya se siente Little Girl de Morrison. Quiere observarse y para eso necesita un soporte, poner sus zapatos de catarina sobre la letrina y aplastarse en el lavabo.

Mirarse en el espejo es una autoconcepción. Ha descubierto la vanidad como un narciso, nacida en su reflejo. La belleza del egoísmo infantil en su máximo esplendor. Las cosas que verá a través de sus ojos son aún un misterio grabado en sus ojeras. Lo que habló en voz alta con ella misma, un diálogo en el cual nunca estuvo presente Alicia.

Yo dudo sea la misma. En algún instante el mundo de las sombras pasó a través de su reflejo para hacerse de su cuerpo. No perdió de todo su esencia. La lucha constante revela el conflicto de un alma famélica que se niega a desaparecer. Ella está ahí y lo recuerda. A través del ensueño, ve de nueva cuenta el blanco hueso de la cerámica del baño, colchón donde su cabeza se estrelló con un golpe sordo y hueco. El resultado, el sello que marcó su desdicha.

La veo de pie, ahogándose entre lágrimas de desesperación y ansiedad, incapaz de explicar la magnitud de su tormento. Limitada por el lenguaje. Los adultos no pueden ayudarla. Ellos siempre lo olvidan. Para ellos no es una constante mirando por encima de su hombro izquierdo.

A ella siempre le ha dado miedo su corona de espinas,
prueba del sadismo de un Dios maniaco.

No necesitó ningún punto o sutura, tampoco una visita al médico; pero desde entonces se sabe maldita. Su mente está infecta con el parásito del fanatismo, gusano que corrompe cada uno de sus pensamientos. La culpa siempre se vuelve adictiva.

Yo no juzgo y la comprendo. Su causa me inunda. Mi corazón se acelera ante la oportunidad de probar mi suerte. Ya no lleva ninguna cruz, pero tampoco hace falta. En la transparencia del diván, compartimos los estigmas.

—La cruz es un símbolo fálico.
—Eso explica porque siento, Dios me folló con ella.

Decir “lo siento” y no matar al ruiseñor.

Lo siento.

Hay cosas que nunca aprendí a decir, pensar y mucho menos sentir. En medio de un mundo de símbolos donde hacen falta las palabras; consumí mi actividad cerebral en precauciones antes de percepciones, donde la impertinente sagacidad se perdía entre recuadros de otra cámara.

Lo siento.

Como ya le he explicado, sufro del trastorno-frustrado poeta; por lo cual, me pierdo irremediablemente entre las conjugaciones de mi inconsciente, rehuyendo ante cualquier sensación exclamativa; y es que, entre que la perversidad y la drogadicción no dan lugar a historias Disney, el mundo se absorbe en diversas paradojas. Ni tourette, ni rubik ni obsesivo-compulsiva; simplemente demasiado yo como para antecederme a un manual de instrucciones.

Lo siento.

Y tal vez no sirva de nada alegar una desconexión neuronal, pero me temo que es la única razón que tengo. Razones. Las contras. Las raíces. Los por qué. Estoy un poco loca, algo mucho desquiciada como para poder reprimirme. Soy idiota e irascible. Psicótica y neurótica; por deporte irracional. Solo yo me entiendo cuando no me queda nada que entender y es que, verá, supongo que siempre he tenido problemas con vivir, con deslizarme y no analizar nada, con entenderme mortal y emocional. No es algo sano para alguien que quiere encontrar todas las respuestas, aunque esté carente de las preguntas: termino perdida en lugares sin caminos.

Lo siento.

Antes de formularme la pregunta, ya temía la respuesta. Y es que entre profecías mayas, niños índigo, canciones de los Beatles y uno que otro ácido mal puesto, terminé por explotar en una verborrea incontenible de mi yo más débil, él mismo que me hace querer tomar con humor tantas sensaciones que no entiendo, que ni siquiera quería preocuparme por poseer. Como todo lobo estepario, espero usted comprenda. Suelo tener pánico ante los secretos y las confesiones, al embrujo producto de la nada y el exceso de nicotina. Soy insana. Una desviación que se rehúsa a caer en clichés y prototipos.

Lo siento.

Resulta que soy incompatible conmigo misma y a la conciencia de mi yo. Creí que un día encontraría todas las letras y aún luego de tanto, jamás encuentro las palabras, y puesto que Freud no vive en mi época para poder descifrar el acertijo, hace mucho que guardé la llave de mi olvido entre mis memorias destrozadas a base de rock y poseía beat, musicalidad y evasión.

Lo siento.

Entre más lejos, se es más soneto. Espero que usted entienda lo que en medio de una quebradiza sinceridad etílica, el sacarle de un espacio que no me corresponde fue solo necesidad de esquivar, el resultado de una de mis muchas contradicciones, impregnados en desolada remembranza de miedos histriónicos: racionalismo, paradojas y acertijos. Me tengo prohibido buscar en los reflejos, ni siquiera por rabillo de los sentimientos. Son mis carencias llenas de vacíos. Son sus bordes llenos de notas. Algo que no quiero compartir porque, verá… yo soy solo mis incógnitas, mis misterios y mis silencios; si usted me arrebata, terminaré por ser un libro abierto a los ojos de mis máscaras y luego ¿qué es lo que me queda? ¿cómo les haría frente? dejaría de pensar en reinventarme para ser y aún no es momento del que el conejo sea degollado.

Lo siento.

Doy demasiadas vueltas para no ser comprendida, parte de la necedad de los escritores corrosivos: es imposible el desenvolverse minimalista espacial, imposible olvidar el humor, el sarcasmo y hasta la violencia paradójica emocional. Y es que verá, todo esto se reduce a simple narcisismo housegregoriano, miedos blogghólicos y sincronizar los latidos con la boca y tic tac, tic tac. Son más lentas mis ganas de callarlo que el aceptar simplemente que no lo he podido controlar.

Lo siento.

Hay cosas que nunca aprendí a decir, pensar y mucho menos sentir. En medio de un mundo de símbolos donde hacen falta las palabras, consumí mi actividad cerebral con una simple duda. La curiosidad. Algo tan simple como para correr y debatir: ¿hay algo más en Valentín que el comercio de tarjetas?

Common People.

Sin embargo, empiezo por despedirme.

A despedirme porque no tiene caso antecederse a la nostalgia que significará ésta forma borrascosa y elíptica de lo que serán tus curvas. A esta falta de mi, sabor de mi, ausencia de mi. De despertarme un día y saberme compartir las sábanas que dicen-callan las historias que no saben en una transformación malsana de cronopio a esperanza, a verme en el espejo y entenderme degollado puesto que ya no he sido encontrado entre los espirales de ninguna otra música, que los puntos suspensivos en la orilla de tu boca terminaron por difuminar en un mar de estrellas, las que construías cada vez que sonreías. Esas, las estrellas, son las mismas que creíste se fundirían un día en un abrazo incierto de romaniacos caóticos y estados de Facebook, pero entre tantas imágenes han perdido el sabor voraginoso en cada una de sus letras, cada uno de tus signos ha perdido el simbiode que le conectaba con tu agitada notoriedad.

Más café, menos Freud-blues y más Sartre.

Una fórmula química que entumeció cada una de las falanges de tus pliegues, donde mis dedos no pudieron hundirse de nueva cuenta en lo profundo de tus esquinas y los orgasmos se escabulleron al creerse innecesarios para mi tacto. Empiezo a despedirme, sé que llega el momento. El momento en el cual el tiempo decidió detenerse por un segundo para que pudiera notar en la hilaridad de tus balcones, la fragilidad escondida en sus susurros. No corres, pero a veces andas demasiado deprisa, como quien pierde un zapato por caminar descalzo y termina por encontrarse en un mundo con tacones de aguja; así, con la misma vaciedad que permite la vaguedad de mis ideas, te encontré elevado entre las vicisitudes de mis faltas, tan maulladas y arañadas que poco quedaban de recobrar entre sus puntas.

Cortaron mis dedos.
Cortaron tus alas.

Crónica de una Puta Princesa a través del Espejo.

Quise darte un nombre, dotarte de cualidades especiales, hacer de ti lo que no pude hacer de mí; creí, en medio del narcisismo fluctuante y supurante, que podrías llegar a ese el tótem de mis anhelos, que tendrías la suficiente fuerza para salvarte, salvarme en el proceso; te doté de únicos sentimientos, te convertí en parte de alma, hueso y carne. Me embriagué en ti. Lloré por ti. Pensé por ti. Me llené de ti. Viví de ti. Y como cualquier niña Disney, apresada por los grilletes de la idealización y la constante pulsación de un única puta neurona hipster de mi cabeza; sangrar y blasfemar, esperando encontrar en las letras un consuelo a tu mediocridad, a tu ineptitud, a tu falta de grandeza. Te culpé y te gemí entre los barrotes del desprecio tu corto entendimiento, la tristeza de mi alma, insignificancia de tu parte. Me convertí en una muñeca y de trapo se hicieron mis manos, mis piernas y cerebro, con las costuras al revés casi descosidas, remendadas a base de inhalaciones y caricias faltas de toda emoción. Quise ser tu Jung, fantasma lacaniano de tus cartas, musa innombrable de tus más pérfidas obras; el Edipo femenino no resuelto, hacerte mi padre, convertirme en tu madre, volcar una relación incestuosa y grotesca en la necesidad de nuestros cuerpos para explotar cual Big Bang entre la inmensidad de las estrellas. Te di magia, te di vida. Arranaste mis alas, usurpaste mis letras.

Y aquí estamos ahora, suspendidos en la red de egocentrismo minimalista básico en la interrelación de la tecnología, escribiéndonos y describiéndonos a base de mentiras que quieren ser creíbles y que no cuentan con la fuerza necesaria para liberarnos; como si de un momento a otro el avance y el cambio, única constante en esta pérdida de los sentidos, pudiera dotarnos a nosotros con algún significado cuando ya todo se ha dicho y las palabras no son más que enunciados que desaparecen en la timeline de una vida patética que se ha encargado de engañarnos a voz de una modernidad que nunca llega. Que nos separa. Que nos adormece. Que nos aleja. Es hoy, cuando aún nos queda un poco de locura, cuando las notas al pie de página carecen de valor y lo indispensable se encuentra en Wikipedia que te digo, te observo y te aborrezco: maldito seas tú Príncipe Azul de mis creaciones. Maldito sea el día en el que creí, tendrías las respuestas. Maldito sea el día en el cual, de mi pecho, nació tu nombre a base de estrellas.

El Fantasma Lacaniano

Escribir, escribir, escribir. Tratar de encontrar con ello el hilo negro de los propios pensamientos; para no sentirse tan fuera de tono, para ya no vivir fuera de lugar. Es necesario e imprescindible encontrar una forma de desahogarse en medio de esta cotidianidad mundana, lineal y carente de esencia; buscar en el fondo de la inconsciencia para arañar un poco la verdad a través de las letras.

Estoy desfalleciendo. Alcanzo la locura.

Cuando encuentren mi alma destrozada; los jinetes dirán: “Murió por su boca. Indigestada en palabras que nunca encontró la sutileza de decir”.